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Orgullo Gay 2010. Cómo ser transexual y sobrevivir en la facultad
«¿Sabes de alguien más? ¿Te han contado de alguna otra transexual que esté en la universidad?». El tono de María Alejandra, 32 años, transexual, lesbiana, inmigrante colombiana, y estudiante de Arquitectura en la Complutense de Madrid, trasluce cierta ansiedad. Le gustaría encontrar a alguien como ella, pero en los casi tres años que lleva en España ha sido imposible. Lógico: las que hay, porque haberlas, haylas, cultivan la invisibilidad como armadura. Imposible hacerlas salir de la seguridad que su secreto protege. Tanto es el miedo al qué dirán y qué pensarán. Tienen la suerte de haber comenzado su proceso de cambio mucho antes de llegar a estas aulas, de lucir un físico que no desmerece ni a su nombre ni a lo que el entorno considera “aceptable”. Y se aferran a él como al pasaporte a la normalidad social que es. El caso de María Alejandra es, claro, bien distinto. Paseamos por su facultad, donde ha terminado un máster y prepara el proyecto de fin de carrera, necesario para la convalidación del título que obtuvo en Bogotá. Miradas de reojo, algún que otro codazo, comentarios, risas. A todo eso, responde con una sonrisa de oreja a oreja: es difícil verle un gesto serio en la cara. Y no es inconsciencia, sino todo lo contrario.
María Alejandra se vino a España hace casi tres años “para salir del armario”. En su Bogotá natal siempre le tuvieron por un gay andróginamente vestido, y ni sus compañeras de facultad imaginaban que, bajo la ropa, se ponía los sujetadores que reforzaban su condición de mujer. La incomprensión de su familia, sobre todo la de su madre, le convenció para confesarse a las amigas que ya tenía en España, que la animaron a venir. “Me dijeron que aquí podría desarrollarme como la persona que realmente soy y me vine también a hacer el máster, gracias a la ayuda económica de mi padre”. Lo que se encontró fue positivo, porque accedió al tratamiento hormonal que necesitaba y pudo al fin mostrarse como fémina, pero también negativo. “En la facultad, como no conozco a la gente que me rodea, no llego a saber realmente lo que piensan. Pero se escuchan risas, por lo menos cuando entro al baño y hay varias chicas... Todo el mundo te rechaza, pero más las mujeres. Sé que es lo peor, pero es lo que hay. Porque no te ven como una mujer, te ven como un tío que se está metiendo en un territorio que no es el suyo”.
Su caso es, digamos, extremo. Porque comenzó sus clases de máster como Felipe y comenzó a probarse a sí misma como mujer durante el curso. “Lo planteé en la secretaría de la facultad y a la gente del máster. Ellos hablaron con el decano y me dijeron que no había problema por venir como chica, por ese lado guay. Pero sigue apareciendo el nombre de chico, Felipe, en las listas. Como aún no tomaba hormonas, venía a clase a veces de chico y a veces de chica. Eso molestó mucho. Las chicas de clase (unas 30 y sólo dos chicos) me hicieron a un lado. Me sentí muy sola. Luego comencé el tratamiento en la Unidad de Trastorno-Identidad de Género del Ramón y Cajal y a conocer a otras chicas transexuales en las asociaciones lgtb que me ayudaron a eliminar los prejuicios que yo misma tenía”. Los episodios de discriminación que María Alejandra tuve que pasar son, por decirlo elegantemente, ridículos: sus compañeras de curso le prohibían vestirse de mujer si quería salir con ellas de fiesta; la hostigaban si entraba en la baño de chicas. “Llegué a ir durante un mes entero de chico para ver si cambiaba su actitud, pero no sirvió de nada. Hasta que un día, hablando con un profesor, me dijo: 'Mira, si yo estuviera estudiando me parecería muy importante conocerte por el simple hecho de que eres una persona que tiene la dualidad en su interior. Tú como personas molas mogollón y si yo hubiera tenido un compañero así hablaría mucho contigo para ver cómo ves el mundo. Tú ve como te sientas más cómoda y pasa de los demás'. Y eso hice”.
No existen datos acerca del número de transexuales que cursan estudios universitarios, como tampoco existen demasiados ejemplos positivos de una realidad que se abre paso casi reptando. La Fundación Triángulo realizó el retrato robot de una trabajadora transexual del sexo en Madrid: mujer, de unos 30 años que ejerce la prostitución desde hace unos nueve; más de la mitad sólo tiene estudios primarios, pero un 8,6% tiene estudios universitarios. Una reciente sentencia de un tribunal asturiano puede explicar porqué las transexuales universitarias no encuentran su sitio en el mercado laboral: dicho tribunal consideró que despedir a una transexual por el hecho de serlo costaba al empresario la ridícula suma de 1500 euros. Sin embargo, el Tribunal Constitucional ha considerado nulo el despido de una mujer embarazada que no había comunicado su estado a la empresa, considerándolo una discriminación en razón de su sexo.
A un mes vista del Orgullo LGTB 2010, que este año se manifiesta por la igualdad transexual, aún queda lo fundamental por reivindicar: que la Organización Mundial de la salud deje de considerar la transexualidad una enfermedad mental; a partir de ahí, las ley, integral y a nivel estatal, que garantice la igualdad de derechos; la consideración de la transfobia y la homofobia como delito; la inclusión en el Sistema Nacional de Salud del proceso transexualizador; las ayudas económicas específicas para la creación de empresas por parte del personas del colectivo… En la universidad se reproducen los episodios de transfobia que existen en el resto de la sociedad, con algunas especificidades. Cuenta Noelia Mariani, presidenta de Transexualia (www.transexualia.org): “En la Universidad de Zaragoza, cuando reclamas el cambio de nombre en el título, aparece al pie de página una nota que dice que se ha cambiado el nombre por un cambio de identidad de género. Como este tenemos muchos casos. Antes era algo que sucedía en la partida de nacimiento, pero se cambió porque la Ley de Igualdad de Género te ampara”.
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